Sentirse mal… una advertencia

Durante una visita rutinaria a su médico, un paciente le comentó: “Doctor, creo que he logrado cierta inmunidad frente a los parásitos y a otras infecciones que me molestaban mucho hace 20 años. Ahora puedo comer cualquier cosa, y beber agua de cualquier arroyo, sin sentir ninguna consecuencia”.

Como respuesta, el médico le revisó muy cuidadosamente y luego le dijo: “Usted está muy enfermo. Sufre de extrema debilidad. Un cuerpo sano reacciona rápida y violentamente frente a los gérmenes infecciosos, pero usted se ha acostumbrado a la presencia de esos elementos dañinos, y tiene una falsa sensación de bienestar. Tenemos que iniciar un tratamiento enérgico para que usted recobre su resistencia”. 

Suele suceder el caso de alguien que va a una fiesta y, dejando a un lado la prudencia, consume demasiado alcohol. Cuando llega la hora de volver a su casa, insiste en conducir su automóvil, pues dice estar perfectamente bien: “Jamás me he sentido mejor”. Ya en la carretera, sus reacciones son lentas, su vista está nublada, y sus cálculos acerca de la velocidad y las distancias andan muy mal. Segundos antes de llevarse por delante un árbol, se le oyó decir: “Déjenme tranquilo. Estoy perfectamente bien”. 

El dolor es algo bueno. Cuando alguien está enfermo, debe sentirse enfermo. ¿De qué otro modo sabrá que algo anda mal? Uno de los grandes peligros del alcohol es el efecto anestésico que tiene sobre el raciocinio. Una persona puede acostumbrarse de tal modo a las condiciones anormales, que sin darse cuenta erige una defensa mental en contra del sufrimiento, y llega a no sentir nada. La falta de felicidad y paz es para el alma lo que el dolor es para el cuerpo: un aviso de que algo anda mal. 

Dios nos hizo para que fuésemos felices, pero debido a que nos hemos voluntariamente alejados de Él, estamos enfermos espiritualmente y, como resultado, emocionalmente perturbados. Una persona feliz, es una persona satisfecha, pero le puede pasar que esté feliz en sus pecados, y satisfecha sin vivir cerca de Dios. El mundo está dispuesto a atraer a la gente, y hacerla creer que la felicidad consiste en obtener comodidades materiales, nuevos inventos y placeres. Pocos se detienen a pensar que mientras todas estas cosas pueden ser buenas en sí mismas, tal vez sólo sirvan para mantener la ilusión de que los seres humanos ya no están enfermos espiritualmente, cuando lo cierto es que están engañándose a sí mismos. 

No hay remedio alguno fuera de Dios. Dice su Palabra: “Si decimos que no tenemos pecados, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8 y 9).

Podemos acostumbrarnos a no andar bien con Dios y así, sin darnos cuanta, ir al castigo eterno de nuestros pecados.

Pero debemos saber que tenemos la opción de reconocer nuestras faltas y aceptar a Jesús como nuestro salvador personal, para así recibir el perdón de nuestros pecados y ser sanos espiritualmente.

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