La soberbia y la timidez

En una fiesta de cumpleaños, los presentes se divertían con algunos juegos de sala. Uno de ellos se ofreció a dirigir un juego que dijo sería muy interesante. Después de explicar bien lo que pensaba hacer, pidió ayuda entre los invitados. Luego de insistir un poco, hubo cuatro colaboradores. Lo interesante del caso no fue el juego en sí, que no era nada especial, sino el hecho de que algunos se adelantaron para participar en el juego, mientras los demás optaron por observar. Uno de los presentes comentó: “Es que algunos somos tímidos y otros más atrevidos”. Muy acertado, diríamos nosotros en cuanto al comentario, pero ¿quiénes eran qué? ¿Quiénes fueron los soberbios? ¿Los que se ofrecieron o los que se quedaron para observar? Por lo general, hemos aceptado sin pensar mucho la idea de que el hombre, la mujer o el joven que se retira de la vida pública o que evita las ocasiones donde tendría que actuar frente a la gente, es una persona humilde o tímida. Sin embargo, si pensamos un poco en el motivo real de tal acción, veremos que, por el contrario, es un individuo muy soberbio. Se lo piensa bien antes de colaborar en una cosa para estar seguro que tendrá éxito. Por eso, se limita a lo que sabe muy bien, es decir, las pocas cosas en que puede lucirse y mostrarse superior. La timidez y la soberbia son solamente una muestra de una deficiencia del carácter, de un enorme sentido de inseguridad. El soberbio tiene miedo a que otros puedan ser mejores, así que quiere demostrar ser superior compartiendo sus talentos, aun exagerando o faltando a la verdad. Debemos reconocer que todos somos por lo menos un poco soberbios y un poco tímidos. Sin embargo, no debemos justificarlo aceptándolo como normal o, menos aún, como necesario. Cuando reconocemos que fuimos creados por Dios para tener comunión con Él, tenemos una razón suficiente para sentirnos tranquilos y aceptados. Si no estamos conforme con nosotros mismos o con lo que somos, no hay que buscar prestigio social, sino reconocer que algo anda mal en la vida interior. Hay una especie de conflicto o temor en el centro de tu ser, que es resultado de tu separación del Creador. Lógicamente, la solución se encuentra en el regreso a Dios, que es el mensaje central del evangelio de Cristo. Hablando de esto, el Señor Jesús dijo: “No estéis preocupados. Confíad en Dios y confiad en mí … Os doy mi paz, pero no la doy como dan la paz los del mundo. No os preocupéis ni tengáis miedo” (Juan 14:1 y 27).

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