mayo 22, 2019

Buenas Noticias

En una fiesta de cumpleaños, los presentes se divertían con algunos juegos de sala. Uno de ellos se ofreció a dirigir un juego que dijo sería muy interesante. Después de explicar bien lo que pensaba hacer, pidió ayuda entre los invitados. Luego de insistir un poco, hubo cuatro colaboradores. Lo interesante del caso no fue el juego en sí, que no era nada especial, sino el hecho de que algunos se adelantaron para participar en el juego, mientras los demás optaron por observar. Uno de los presentes comentó: “Es que algunos somos tímidos y otros más atrevidos”. Muy acertado, diríamos nosotros en cuanto al comentario, pero ¿quiénes eran qué? ¿Quiénes fueron los soberbios? ¿Los que se ofrecieron o los que se quedaron para observar? Por lo general, hemos aceptado sin pensar mucho la idea de que el hombre, la mujer o el joven que se retira de la vida pública o que evita las ocasiones donde tendría que actuar frente a la gente, es una persona humilde o tímida. Sin embargo, si pensamos un poco en el motivo real de tal acción, veremos que, por el contrario, es un individuo muy soberbio. Se lo piensa bien antes de colaborar en una cosa para estar seguro que tendrá éxito. Por eso, se limita a lo que sabe muy bien, es decir, las pocas cosas en que puede lucirse y mostrarse superior. La timidez y la soberbia son solamente una muestra de una deficiencia del carácter, de un enorme sentido de inseguridad. El soberbio tiene miedo a que otros puedan ser mejores, así que quiere demostrar ser superior compartiendo sus talentos, aun exagerando o faltando a la verdad. Debemos reconocer que todos somos por lo menos un poco soberbios y un poco tímidos. Sin embargo, no debemos justificarlo aceptándolo como normal o, menos aún, como necesario. Cuando reconocemos que fuimos creados por Dios para tener comunión con Él, tenemos una razón suficiente para sentirnos tranquilos y aceptados. Si no estamos conforme con nosotros mismos o con lo que somos, no hay que buscar prestigio social, sino reconocer que algo anda mal en la vida interior. Hay una especie de conflicto o temor en el centro de tu ser, que es resultado de tu separación del Creador. Lógicamente, la solución se encuentra en el regreso a Dios, que es el mensaje central del evangelio de Cristo. Hablando de esto, el Señor Jesús dijo: “No estéis preocupados. Confíad en Dios y confiad en mí … Os doy mi paz, pero no la doy como dan la paz los del mundo. No os preocupéis ni tengáis miedo” (Juan 14:1 y 27).

Una persona famosa por sus amplios conocimientos, fue con su familia a la orilla del mar para un día de descanso. A la hora del regreso, el automóvil quedó atascado en la arena de la playa. Trataron de sacarlo empujando y metiendo pedazos de madera debajo de las ruedas. La arena estaba tan seca que el automóvil se hundía cada vez más. No había quien les ayudara. Subía la marea y pronto el sitio estaría bajo agua. Entonces vieron a alguien que caminaba muy despacio hacia ellos. Le gritaron que se apresurara, pero él se acercaba tranquilamente. Cuando al final llegó y vio la situación, no mostró preocupación. Les dijo que se tranquilizaran y que les iba a ayudar. La marea ya estaba cerca, pero el hombre no mostraba apuro. Cuando el agua llegó muy cerca, les dijo: “Súbanse y pongan el motor en marcha”. Cuando la arena alrededor del automóvil estaba mojada, les gritó: “¡Arranquen!”. Entonces, el automóvil salió sin mayor dificultad. Esta historia es un ejemplo sencillo de la diferencia entre la ciencia y la sabiduría. El profesional tenía muchos conocimientos, pero el lugareño, que no sabía la fórmula química del agua, sí sabía de la vida a la orilla del mar. La ciencia es el conocimiento objetivo de un tema; la sabiduría aplica esos conocimientos a la vida diaria. Lo ideal sería encontrar las dos cosas en la misma persona. Sin embargo, aunque en el mundo hay mucho conocimiento, también hay mucha falta de sabiduría. La ciencia se logra estudiando, leyendo o educándose. Sin embargo, ¿cómo se consigue sabiduría? La ciencia nos ayuda a investigar todo lo existente en el universo, pero si no tenemos inquietudes acerca de su Creador, esos conocimientos son limitados y no nos alcanzan para el destino final de nuestra existencia. El mundo de hoy parece girar sobre el eje de la ciencia, pero eso no trae satisfacción ni felicidad a la persona. El rey David, un gran poeta y escritor de la antigüedad dijo que “el principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos” (Salmos 111:10). En la Biblia, el apóstol Santiago dijo: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humildad que da la sabiduría” (Santiago 3:13). La ciencia ayuda a descubrir nuevos dispositivos, a curar enfermedades y alargar la vida. La sabiduría nos ayuda a entender qué significa la vida, a vivirla más ampliamente y enfocarla hacia la eternidad. Todo comienza cuando nos acercamos a Dios. ¿Entiendes y aplicas lo que sabes?

Un equipo de investigadores quería saber más acerca del comportamiento humano y para ello realizó una serie de experimentos con animales. Especialmente interesante fue el caso de los corderos. Desde su nacimiento, vivieron por un tiempo con sus madres. Luego, los investigadores los separaron, ubicando a cada cordero en una jaula, viviendo con un perro, una oveja extraña y un televisor. Al terminar el plazo, los investigadores dejaron en libertad a los corderos y les dieron la oportunidad de elegir entre su compañero provisional y su propia madre. Sin vacilar, la mayoría escogieron a sus madres, aunque algunos prefirieron los televisores. Los hombres y las mujeres nos aferramos a las cosas, las personas y las costumbres conocidas, mientras desconfiamos de lo nuevo y extraño. Por lo general, nuestras decisiones no se toman sobre una base lógica de investigación o razonamiento, sino de acuerdo con nuestras percepciones de confianza y seguridad. Por lo tanto, muchas veces optamos por cosas que no nos convienen y que pueden traernos problemas, mientras pasamos por alto cosas mejores simplemente porque son nuevas. Esto sugiere una de las razones para los fracasos. Por temer dar un paso más allá de lo que hemos hecho antes, huimos de las posibilidades de triunfo. Uno se queda con un empleo que no le conviene, sigue con compañeros cuya influencia es negativa y rechaza oportunidades para cambiar de ambiente o aprender un oficio nuevo y más productivo. El Apóstol Pablo dijo escribiendo en su carta a los cristianos en Roma: “No viváis según las costumbres de la sociedad en que vivimos. Mejor dejad que Dios transforme vuestras vidas con una nueva manera de pensar. Así podréis entender y aceptar lo que Dios quiere para vosotros: lo que es bueno, perfecto y le agrada” (capítulo 12, versículo 2) (paráfrasis de los editores). Esto sí que es un buen consejo. No sugiere un cambio de religión, sino de perspectiva, de valores y de prioridades. Y podemos pedirle a Dios que nos ayude a cambiar. Amigo lector, puedes hablar con Dios al terminar de leer este pensamiento; Él te escucha y te contestará.

Este tipo de dudas se debe al deseo de llegar a Dios por medio de la razón. Es cierto que usamos la razón o el intelecto para entender el mensaje, pero nuestra respuesta a ese mensaje tiene lugar en la persona interior. No es una convicción mental, sino una entrega. Mientras titubeamos pensando si somos dignos, si todos los milagros son verídicos, si realmente podemos creer o si podemos cumplir con nuestra promesa a Dios, no vamos a lograr la fe verdadera, porque estas cuestiones no son parte de la fe. Mientras pienses que debe haber varias alternativas y que frente a la duda prefieres quedarte donde estás, nunca vas a recibir lo que Dios te ofrece en la persona de Jesús. En cambio, cuando te des cuenta de que la vida sin Cristo es insoportable y al final te llevará a la perdición, reaccionarás firmemente sin más dudas. Cuando desees a Cristo más que a ninguna otra cosa, lo encontrarás.

No debes tener distracciones, ni móviles contradictorios, ni compromisos anteriores, porque tales cosas impiden la fe. Dices que quieres creer, pero no puedes. Aparentemente todavía no quieres creer lo suficiente, porque usando tus razonamientos tienes dudas del resultado final. Puedes tener dudas si lo que decimos es verdad o es una teoría difícil de comprobar. Como lo que compartimos es lo que dice la Biblia, puedes razonablemente comprobar que la Biblia es la Palabra de Dios. Entonces puedes aceptar lo que dijo Jesús, como lo registró el Apóstol Juan en su evangelio: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). 

También Él dijo en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. La decisión es tuya.