mayo 22, 2019

Buenas Noticias

Los cristianos proclaman su fe como si fuera una libertad. Sin embargo, para algunos esa afirmación es contradictoria porque dicen que hay muchas leyes y obligaciones si uno quiere al final ir al cielo. Tiene que privarse de muchas costumbres divertidas, cumpliendo con una cantidad de deberes que realmente no quiere hacer. No parece que haya libertad en eso.

Lamentablemente ese es un concepto muy equivocado de lo que significa ser cristiano. No

consiste en prohibiciones ni obligaciones, sino en la libertad para decidir si lo que uno hace es para bien o para mal.

Las muchas cosas que el cristiano no debe hacer, realmente podría hacerlas. Si no las hace es porque no quiere hacerlas, ya que desea y tiene algo mejor.

Al cristiano no le es necesario ahogar sus dificultades en el alcohol o las drogas, ni en otros placeres transitorios que al final no solucionan nada y que, eventualmente, ocasionan serios problemas. La vida cristiana está llena de actividades significativas y no es aburrida en ningún momento. Además, la fe y la confianza en que la vida de Jesucristo está en cada cristiano, pase lo que pase, llega a mejorar la salud y ayuda a dormir mejor, porque hacen desaparecer los conflictos interiores de antes. Sin embargo, para tener esta verdadera libertad es necesario establecer una relación personal con Jesucristo. Para hacerlo, debemos reconocer que somos pecadores, arrepentirnos, pedirle perdón y aceptar Su muerte en la cruz en nuestro lugar. Dijo Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6), y “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

Durante una visita rutinaria a su médico, un paciente le comentó: “Doctor, creo que he logrado cierta inmunidad frente a los parásitos y a otras infecciones que me molestaban mucho hace 20 años. Ahora puedo comer cualquier cosa, y beber agua de cualquier arroyo, sin sentir ninguna consecuencia”.

Como respuesta, el médico le revisó muy cuidadosamente y luego le dijo: “Usted está muy enfermo. Sufre de extrema debilidad. Un cuerpo sano reacciona rápida y violentamente frente a los gérmenes infecciosos, pero usted se ha acostumbrado a la presencia de esos elementos dañinos, y tiene una falsa sensación de bienestar. Tenemos que iniciar un tratamiento enérgico para que usted recobre su resistencia”. 

Suele suceder el caso de alguien que va a una fiesta y, dejando a un lado la prudencia, consume demasiado alcohol. Cuando llega la hora de volver a su casa, insiste en conducir su automóvil, pues dice estar perfectamente bien: “Jamás me he sentido mejor”. Ya en la carretera, sus reacciones son lentas, su vista está nublada, y sus cálculos acerca de la velocidad y las distancias andan muy mal. Segundos antes de llevarse por delante un árbol, se le oyó decir: “Déjenme tranquilo. Estoy perfectamente bien”. 

El dolor es algo bueno. Cuando alguien está enfermo, debe sentirse enfermo. ¿De qué otro modo sabrá que algo anda mal? Uno de los grandes peligros del alcohol es el efecto anestésico que tiene sobre el raciocinio. Una persona puede acostumbrarse de tal modo a las condiciones anormales, que sin darse cuenta erige una defensa mental en contra del sufrimiento, y llega a no sentir nada. La falta de felicidad y paz es para el alma lo que el dolor es para el cuerpo: un aviso de que algo anda mal. 

Dios nos hizo para que fuésemos felices, pero debido a que nos hemos voluntariamente alejados de Él, estamos enfermos espiritualmente y, como resultado, emocionalmente perturbados. Una persona feliz, es una persona satisfecha, pero le puede pasar que esté feliz en sus pecados, y satisfecha sin vivir cerca de Dios. El mundo está dispuesto a atraer a la gente, y hacerla creer que la felicidad consiste en obtener comodidades materiales, nuevos inventos y placeres. Pocos se detienen a pensar que mientras todas estas cosas pueden ser buenas en sí mismas, tal vez sólo sirvan para mantener la ilusión de que los seres humanos ya no están enfermos espiritualmente, cuando lo cierto es que están engañándose a sí mismos. 

No hay remedio alguno fuera de Dios. Dice su Palabra: “Si decimos que no tenemos pecados, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:8 y 9).

Podemos acostumbrarnos a no andar bien con Dios y así, sin darnos cuanta, ir al castigo eterno de nuestros pecados.

Pero debemos saber que tenemos la opción de reconocer nuestras faltas y aceptar a Jesús como nuestro salvador personal, para así recibir el perdón de nuestros pecados y ser sanos espiritualmente.

Las personas mayores frecuentemente hablan con nostalgia de su niñez o su juventud. Para ellas, antes todo iba mejor en aquel entonces. Si sólo pudiéramos volver atrás en el tiempo, todo estaría resuelto. Sin embargo, la historia nunca está de acuerdo del todo con esa idea. Cuando examinamos de cerca los datos, el pasado no fue muy diferente de la actualidad. Muchas cosas han cambiado, algunas para mal y otras para el bien; pero es muy fácil olvidarse de lo malo del pasado y quedarnos con los buenos recuerdos. Generalmente reconocemos que, aunque había algo de malo en el pasado, por lo menos sobrevivimos. En cambio, las costumbres nuevas amenazan la “estabilidad”, y preferimos quedarnos con nuestras dificultades de ayer y no correr el riesgo de algo nuevo por si fuera peor. Solemos decir: “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Sobre este tema tuvo algo que decir el hombre más sabio de todos los tiempos, el rey Salomón, que dijo en Eclesiastés 7:10: “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría”. Según Salomón, no debemos mirar hacia atrás para ver si encontramos algo mejor. Lo mejor está siempre en el futuro, porque ni siquiera hemos alcanzado a tocar la superficie de las maravillas que Dios tiene para nosotros Como tu vida no es perfecta, entonces siempre puedes mejorar. Como no lo sabes todo, entonces hay algo que aprender. Esa puerta a lo nuevo que tememos abrir puede ser la solución a muchos problemas. Dios creó al ser humano con infinitas posibilidades de triunfo y realización. Algunas actitudes defensivas que todos solemos tener, como el miedo al cambio y la inseguridad sobre el futuro, son un freno misterioso que uno impone sobre sí. Si una persona se convence de que es mejor quedarse donde está y no arriesgarse a cambiar, esa persona jamás llegará a su destino. Añorar los tiempos pasados significa que uno se siente incapaz de abordar las situaciones nuevas y prefiere volver a una época cómoda, segura, aunque inútil, cuando no había riesgos ni necesidad de aprender o esforzarse. Desde luego, esa supuesta época cómoda nunca existió, ni jamás existirá. El tiempo no se estanca. Si no avanzamos con él, en realidad retrocedemos. Por otro lado, el futuro está delante de nosotros y nuestra actitud presente ha de traer los resultados deseados o consecuencias desagradables. Por eso el Señor Jesucristo dijo: “¿Qué aprovechará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su alma?” (Mateo 16:26). Hoy es el día de prepararte para el futuro iniciando una relación personal con Jesucristo, al aceptar el perdón de tus pecados, ofrecido a través de Su muerte y resurrección. Esta relación personal te capacitará para mirar hacia adelante con confianza y seguridad.

 

Sobre este tema tuvo algo que decir el hombre más sabio de todos los tiempos, el rey Salomón, que dijo en Eclesiastés 7:10: “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría”. Según Salomón, no debemos mirar hacia atrás para ver si encontramos algo mejor. Lo mejor está siempre en el futuro, porque ni siquiera hemos alcanzado a tocar la superficie de las maravillas que Dios tiene para nosotros Como tu vida no es perfecta, entonces siempre puedes mejorar. Como no lo sabes todo, entonces hay algo que aprender. Esa puerta a lo nuevo que tememos abrir puede ser la solución a muchos problemas. Dios creó al ser humano con infinitas posibilidades de triunfo y realización. Algunas actitudes defensivas que todos solemos tener, como el miedo al cambio y la inseguridad sobre el futuro, son un freno misterioso que uno impone sobre sí. Si una persona se convence de que es mejor quedarse donde está y no arriesgarse a cambiar, esa persona jamás llegará a su destino. Añorar los tiempos pasados significa que uno se siente incapaz de abordar las situaciones nuevas y prefiere volver a una época cómoda, segura, aunque inútil, cuando no había riesgos ni necesidad de aprender o esforzarse. Desde luego, esa supuesta época cómoda nunca existió, ni jamás existirá. El tiempo no se estanca. Si no avanzamos con él, en realidad retrocedemos. Por otro lado, el futuro está delante de nosotros y nuestra actitud presente ha de traer los resultados deseados o consecuencias desagradables. Por eso el Señor Jesucristo dijo: “¿Qué aprovechará el hombre si conquista todo el mundo y pierde su alma?” (Mateo 16:26). Hoy es el día de prepararte para el futuro iniciando una relación personal con Jesucristo, al aceptar el perdón de tus pecados, ofrecido a través de Su muerte y resurrección. Esta relación personal te capacitará para mirar hacia adelante con confianza y seguridad.

En una fiesta de cumpleaños, los presentes se divertían con algunos juegos de sala. Uno de ellos se ofreció a dirigir un juego que dijo sería muy interesante. Después de explicar bien lo que pensaba hacer, pidió ayuda entre los invitados. Luego de insistir un poco, hubo cuatro colaboradores. Lo interesante del caso no fue el juego en sí, que no era nada especial, sino el hecho de que algunos se adelantaron para participar en el juego, mientras los demás optaron por observar. Uno de los presentes comentó: “Es que algunos somos tímidos y otros más atrevidos”. Muy acertado, diríamos nosotros en cuanto al comentario, pero ¿quiénes eran qué? ¿Quiénes fueron los soberbios? ¿Los que se ofrecieron o los que se quedaron para observar? Por lo general, hemos aceptado sin pensar mucho la idea de que el hombre, la mujer o el joven que se retira de la vida pública o que evita las ocasiones donde tendría que actuar frente a la gente, es una persona humilde o tímida. Sin embargo, si pensamos un poco en el motivo real de tal acción, veremos que, por el contrario, es un individuo muy soberbio. Se lo piensa bien antes de colaborar en una cosa para estar seguro que tendrá éxito. Por eso, se limita a lo que sabe muy bien, es decir, las pocas cosas en que puede lucirse y mostrarse superior. La timidez y la soberbia son solamente una muestra de una deficiencia del carácter, de un enorme sentido de inseguridad. El soberbio tiene miedo a que otros puedan ser mejores, así que quiere demostrar ser superior compartiendo sus talentos, aun exagerando o faltando a la verdad. Debemos reconocer que todos somos por lo menos un poco soberbios y un poco tímidos. Sin embargo, no debemos justificarlo aceptándolo como normal o, menos aún, como necesario. Cuando reconocemos que fuimos creados por Dios para tener comunión con Él, tenemos una razón suficiente para sentirnos tranquilos y aceptados. Si no estamos conforme con nosotros mismos o con lo que somos, no hay que buscar prestigio social, sino reconocer que algo anda mal en la vida interior. Hay una especie de conflicto o temor en el centro de tu ser, que es resultado de tu separación del Creador. Lógicamente, la solución se encuentra en el regreso a Dios, que es el mensaje central del evangelio de Cristo. Hablando de esto, el Señor Jesús dijo: “No estéis preocupados. Confíad en Dios y confiad en mí … Os doy mi paz, pero no la doy como dan la paz los del mundo. No os preocupéis ni tengáis miedo” (Juan 14:1 y 27).

Una persona famosa por sus amplios conocimientos, fue con su familia a la orilla del mar para un día de descanso. A la hora del regreso, el automóvil quedó atascado en la arena de la playa. Trataron de sacarlo empujando y metiendo pedazos de madera debajo de las ruedas. La arena estaba tan seca que el automóvil se hundía cada vez más. No había quien les ayudara. Subía la marea y pronto el sitio estaría bajo agua. Entonces vieron a alguien que caminaba muy despacio hacia ellos. Le gritaron que se apresurara, pero él se acercaba tranquilamente. Cuando al final llegó y vio la situación, no mostró preocupación. Les dijo que se tranquilizaran y que les iba a ayudar. La marea ya estaba cerca, pero el hombre no mostraba apuro. Cuando el agua llegó muy cerca, les dijo: “Súbanse y pongan el motor en marcha”. Cuando la arena alrededor del automóvil estaba mojada, les gritó: “¡Arranquen!”. Entonces, el automóvil salió sin mayor dificultad. Esta historia es un ejemplo sencillo de la diferencia entre la ciencia y la sabiduría. El profesional tenía muchos conocimientos, pero el lugareño, que no sabía la fórmula química del agua, sí sabía de la vida a la orilla del mar. La ciencia es el conocimiento objetivo de un tema; la sabiduría aplica esos conocimientos a la vida diaria. Lo ideal sería encontrar las dos cosas en la misma persona. Sin embargo, aunque en el mundo hay mucho conocimiento, también hay mucha falta de sabiduría. La ciencia se logra estudiando, leyendo o educándose. Sin embargo, ¿cómo se consigue sabiduría? La ciencia nos ayuda a investigar todo lo existente en el universo, pero si no tenemos inquietudes acerca de su Creador, esos conocimientos son limitados y no nos alcanzan para el destino final de nuestra existencia. El mundo de hoy parece girar sobre el eje de la ciencia, pero eso no trae satisfacción ni felicidad a la persona. El rey David, un gran poeta y escritor de la antigüedad dijo que “el principio de la sabiduría es el temor del Señor; buen juicio demuestran quienes cumplen sus preceptos” (Salmos 111:10). En la Biblia, el apóstol Santiago dijo: “¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humildad que da la sabiduría” (Santiago 3:13). La ciencia ayuda a descubrir nuevos dispositivos, a curar enfermedades y alargar la vida. La sabiduría nos ayuda a entender qué significa la vida, a vivirla más ampliamente y enfocarla hacia la eternidad. Todo comienza cuando nos acercamos a Dios. ¿Entiendes y aplicas lo que sabes?

Un equipo de investigadores quería saber más acerca del comportamiento humano y para ello realizó una serie de experimentos con animales. Especialmente interesante fue el caso de los corderos. Desde su nacimiento, vivieron por un tiempo con sus madres. Luego, los investigadores los separaron, ubicando a cada cordero en una jaula, viviendo con un perro, una oveja extraña y un televisor. Al terminar el plazo, los investigadores dejaron en libertad a los corderos y les dieron la oportunidad de elegir entre su compañero provisional y su propia madre. Sin vacilar, la mayoría escogieron a sus madres, aunque algunos prefirieron los televisores. Los hombres y las mujeres nos aferramos a las cosas, las personas y las costumbres conocidas, mientras desconfiamos de lo nuevo y extraño. Por lo general, nuestras decisiones no se toman sobre una base lógica de investigación o razonamiento, sino de acuerdo con nuestras percepciones de confianza y seguridad. Por lo tanto, muchas veces optamos por cosas que no nos convienen y que pueden traernos problemas, mientras pasamos por alto cosas mejores simplemente porque son nuevas. Esto sugiere una de las razones para los fracasos. Por temer dar un paso más allá de lo que hemos hecho antes, huimos de las posibilidades de triunfo. Uno se queda con un empleo que no le conviene, sigue con compañeros cuya influencia es negativa y rechaza oportunidades para cambiar de ambiente o aprender un oficio nuevo y más productivo. El Apóstol Pablo dijo escribiendo en su carta a los cristianos en Roma: “No viváis según las costumbres de la sociedad en que vivimos. Mejor dejad que Dios transforme vuestras vidas con una nueva manera de pensar. Así podréis entender y aceptar lo que Dios quiere para vosotros: lo que es bueno, perfecto y le agrada” (capítulo 12, versículo 2) (paráfrasis de los editores). Esto sí que es un buen consejo. No sugiere un cambio de religión, sino de perspectiva, de valores y de prioridades. Y podemos pedirle a Dios que nos ayude a cambiar. Amigo lector, puedes hablar con Dios al terminar de leer este pensamiento; Él te escucha y te contestará.

Este tipo de dudas se debe al deseo de llegar a Dios por medio de la razón. Es cierto que usamos la razón o el intelecto para entender el mensaje, pero nuestra respuesta a ese mensaje tiene lugar en la persona interior. No es una convicción mental, sino una entrega. Mientras titubeamos pensando si somos dignos, si todos los milagros son verídicos, si realmente podemos creer o si podemos cumplir con nuestra promesa a Dios, no vamos a lograr la fe verdadera, porque estas cuestiones no son parte de la fe. Mientras pienses que debe haber varias alternativas y que frente a la duda prefieres quedarte donde estás, nunca vas a recibir lo que Dios te ofrece en la persona de Jesús. En cambio, cuando te des cuenta de que la vida sin Cristo es insoportable y al final te llevará a la perdición, reaccionarás firmemente sin más dudas. Cuando desees a Cristo más que a ninguna otra cosa, lo encontrarás.

No debes tener distracciones, ni móviles contradictorios, ni compromisos anteriores, porque tales cosas impiden la fe. Dices que quieres creer, pero no puedes. Aparentemente todavía no quieres creer lo suficiente, porque usando tus razonamientos tienes dudas del resultado final. Puedes tener dudas si lo que decimos es verdad o es una teoría difícil de comprobar. Como lo que compartimos es lo que dice la Biblia, puedes razonablemente comprobar que la Biblia es la Palabra de Dios. Entonces puedes aceptar lo que dijo Jesús, como lo registró el Apóstol Juan en su evangelio: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). 

También Él dijo en Mateo 11:28: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. La decisión es tuya.